Es mentira que la felicidad está en las cosas pequeñas, la felicidad depende de cómo percibimos las cosas.. Se aprende a amar la vida; de qué significado tienen para nosotros, con qué las asociamos, que recuerdos nos traen, que implicancias tienen. Por ello podríamos afirmar que la felicidad la construimos nosotros. Está dentro de nosotros. Por tanto, amar la vida es un aprendizaje diario, una construcción interna.
En este mundo postmoderno la felicidad no fluye por las calles. Se aprende a afilar la mirada para percibirla… por eso el lema de “la felicidad esta en las cosas pequeñas”. Por naturaleza traemos el Tanatos, el instinto de muerte que generalmente es más fuerte que el instinto de la vida. Lo digo en el sentido de que causa más placer aferrarnos a lo que nos causa muerte que a lo que nos causa vida. Morboso? Sino porque es más fácil sostener un rencor, y hasta causa cierto tipo de satisfacción regodearse de “nuestro dolor” en vez de perdonar y seguir adelante? Pasamos tanto tiempo rodeados y aferrándonos a cosas que no precisamos, sentimientos que nos arrastran hacia abajo, cosas que nos hacen más pesado el camino, y sin embargo no queremos soltarlas. La Vida es un proceso natural? Debería serlo. Llegará un día en que sea una ley universal, pero mientras tanto, la muerte degrada todo incluso nuestras experiencias y percepciones, nuestros deseos de felicidad.
Todo depende de cómo percibamos, y qué sentido y valor le otorguemos a lo que nos suceda. Nosotros determinamos nuestro mundo circundante. Pero generalmente dejamos que sea el mundo quien nos determine a nosotros. En ese caso, sólo queda sentir, y reaccionar. Sentir el momento y reaccionar en consecuencia, pero nunca quedarnos varados en él. Esa no debería ser una opción para nosotros, porque vivir plenamente es un proceso.
Y así pasamos la mayor parte de nuestras vidas, medio muertos medio vivos, como si estuviéramos permanentemente dormidos. Acaso nos causa miedo lo que implica el despertar?
Lo peor que nos puede pasar no son las cosas “malas”, sino el no sentir nada. Por eso es una bendición poder sentir amor, odio, frustración, satisfacción, dolor… si no nos conmovemos frente a nuestras vivencias es porque estamos completamente muertos, aunque respiremos.
Es mentira que la felicidad está en las cosas pequeñas, la felicidad está dentro nuestro.

Me he percatado de que escribo sólo para hacer catarsis… en momentos oscuros. Es una buena técnica de canalización, pero sólo quedan reflejados los momentos malos… bueno, no se si hay momentos malos… yo los llamo momentos de inflexión. Es cuando uno se obliga a si mismo a verse desde afuera, a cambiar de paradigma o como quieran llamarlo. Creo que todos los “problemas” pueden ser maestros potenciales, adhiero al viejo dicho “lo que no mata fortalece”… el espíritu se nutre de las experiencias de acuerdo a la percepción que tengamos de ellas. Y es que nada es de una sola forma. La realidad la construimos en nuestra mente, no existe fuera de ella. Todo es depende de como lo percibamos, de como nuestro ser particular acomode los estímulos captados en sus moldes. Cada uno tiene los suyos, por eso la gente difiere en sus puntos de vista.
Rutinas, esquemas, samples. Casi siempre vivimos así… porque esa es la forma natural de las cosas; las acciones se vuelven costumbres, luego hábitos y con el tiempo se tornan en nuestros patrones de respuestas. Pero hay un momento, puede ser un día cualquiera, generalmente el menos pensado o el más común que hayamos tenido, en que nos miramos al espejo y nos vemos como somos… nos toma desprevenidos, de alguna manera vemos lo que hay detrás de nuestras máscaras (esas que aún nosotros mismos nos creemos). Vemos lo que somos lisa y llanamente. Y este encuentro con nosotros mismos, así tan de sopetón, resulta, como dijo alguien, en el más feliz de nuestros días o en el más terrible.
¿Alguna vez has tenido la sensación de que has perdido algo en tu vida? No una cosa tangible, sino algo más. Acaso la posibilidad de que todo fuera de otra manera. No sabes qué, pero ese sentimiento está presente. Es el momento cuando comienzas a reflexionar de cerca sobre de cuestiones que preferirías obviar, cómo lo has hecho durante tanto tiempo… sólo seguir adelante con la rutina; montar cada día la función de tu vida con el temor de que el guión varíe en algún momento y tengas que improvisar. Ese temor a quedar desprotegidos frente al mundo y nuestros verdaderos sentimientos y las exigencias de nuestro yo real. Invariablemente todos tenemos un momento de inflexión en nuestra existencia, donde la lucidez nos alcanza y se nos da la chance de reflexionar y corregir el rumbo. Pero a esta altura de la vida ya hay todo un esquema acerca de cómo debe ser la vida, que es lo ideal, de qué no se debe hablar, cuáles son los planes para el futuro. La sospecha de descubrir que esas estructuras son erradas, nos da pavor. Preferimos silenciar el inconsciente con cualquier cosa: más actividades, comprar cosas nuevas, lo que sea. Pero el inconsciente no se dará por vencido… seguirá llenándonos de ese sentimiento nihilista hasta que queramos suprimirlo o resignarnos a vivir con él.
Todo comenzó el lunes pasado en una simple conversación de amigas, en donde una de ellas comentó en voz alta al resto: “¿Sabían que necesitamos un mínimo de 12 abrazos diarios?” Un número que con sólo imaginar unos segundos me pareció irreal… Si yo con suerte recibo 1 ó 2 abrazos diarios, pensé. Qué mal, qué lejos estoy de eso, me dije.
A veces me encuentro esperando… es un estado que me sobreviene. No se bien que es lo que aguardo, pero hay expectativa. Como si anticipara un cambio. Es la sensación de cuando sabemos que en unos segundos tacarán a la puerta.