¿Alguna vez has tenido la sensación de que has perdido algo en tu vida?

¿Alguna vez has tenido la sensación de que has perdido algo en tu vida? No una cosa tangible, sino algo más. Acaso la posibilidad de que todo fuera de otra manera. No sabes qué, pero ese sentimiento está presente. Es el momento cuando comienzas a reflexionar de cerca sobre de cuestiones que preferirías obviar, cómo lo has hecho durante tanto tiempo… sólo seguir adelante con la rutina; montar cada día la función de tu vida con el temor de que el guión varíe en algún momento y tengas que improvisar. Ese temor a quedar desprotegidos frente al mundo y nuestros verdaderos sentimientos y las exigencias de nuestro yo real. Invariablemente todos tenemos un momento de inflexión en nuestra existencia, donde la lucidez nos alcanza y se nos da la chance de reflexionar y corregir el rumbo. Pero a esta altura de la vida ya hay todo un esquema acerca de cómo debe ser la vida, que es lo ideal, de qué no se debe hablar, cuáles son los planes para el futuro. La sospecha de descubrir que esas estructuras son erradas, nos da pavor. Preferimos silenciar el inconsciente con cualquier cosa: más actividades, comprar cosas nuevas, lo que sea. Pero el inconsciente no se dará por vencido… seguirá llenándonos de ese sentimiento nihilista hasta que queramos suprimirlo o resignarnos a vivir con él.
El problema es ese reflejo innato en la raza humana de querer evitar el dolor. Y es que para cambiar de vida hay que cambiar de ideas, de estructuras mentales, todo lo que se ha aprendido y dábamos por cierto (y ya no nos servirá)… hay que romper nuestro mundo personal para volver a nacer. Ese dolor es inevitable si se quiere vivir.
¿Pero por donde empezar? Las viejas creencias han echado raíces en nuestro yo, y cortarlas no es una experiencia placentera. Se resisten a ser desalojadas… vuelven una y otra vez. Nuestro yo consciente se resiste al cambio, nos paga con angustia. Pero es el dolor del parto del nuevo yo… o de la vuelta a nuestro yo original, ése que fue sepultado bajo las restricciones de nuestro ambiente (no hagas esto, no querrás aquello, los domingos a la iglesia, no pintes fuera de las líneas, cuando crezcas debes casarte, la gente honrada trabaja muy duro…).
Nos hemos desacostumbrado a pensar en lo que realmente queremos hacer con nuestra vida. Cuando debimos decidir que carrera seguir, pensamos en lo más seguro, lo que el mercado requiere, lo que los padres aprueban, lo que creíamos que teníamos talento para hacer. Pero ¿qué era lo que realmente queríamos hacer? Cuando crecemos nos olvidamos de nuestros primero deseos. Los remplazamos por ambiciones. Por metas que “debemos” alcanzar para sentirnos realizados y respetados ante la sociedad… pero ¿cuáles son nuestros verdaderos parámetros de éxito? ¿Somos felices con lo que hemos conseguido? ¿No es hora de buscar en nuestro interior y no tanto en lo que recomienda el círculo social y el Wall Street Journal?

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