Verse a sí mismo

Rutinas, esquemas, samples. Casi siempre vivimos así… porque esa es la forma natural de las cosas; las acciones se vuelven costumbres, luego hábitos y con el tiempo se tornan en nuestros patrones de respuestas. Pero hay un momento, puede ser un día cualquiera, generalmente el menos pensado o el más común que hayamos tenido, en que nos miramos al espejo y nos vemos como somos… nos toma desprevenidos, de alguna manera vemos lo que hay detrás de nuestras máscaras (esas que aún nosotros mismos nos creemos). Vemos lo que somos lisa y llanamente. Y este encuentro con nosotros mismos, así tan de sopetón, resulta, como dijo alguien, en el más feliz de nuestros días o en el más terrible.
Este es el punto de inflexión, como me gusta llamarlo. El momento critico en que sabemos que cualquier decisión que tomemos o no tomemos marcará los siguientes momentos restantes. Si decidimos mejorar o si decidimos negar que finalmente nos hemos encontrado y fingir absoluta normalidad (rutina, cotidianeidad).

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¿Alguna vez has tenido la sensación de que has perdido algo en tu vida?

¿Alguna vez has tenido la sensación de que has perdido algo en tu vida? No una cosa tangible, sino algo más. Acaso la posibilidad de que todo fuera de otra manera. No sabes qué, pero ese sentimiento está presente. Es el momento cuando comienzas a reflexionar de cerca sobre de cuestiones que preferirías obviar, cómo lo has hecho durante tanto tiempo… sólo seguir adelante con la rutina; montar cada día la función de tu vida con el temor de que el guión varíe en algún momento y tengas que improvisar. Ese temor a quedar desprotegidos frente al mundo y nuestros verdaderos sentimientos y las exigencias de nuestro yo real. Invariablemente todos tenemos un momento de inflexión en nuestra existencia, donde la lucidez nos alcanza y se nos da la chance de reflexionar y corregir el rumbo. Pero a esta altura de la vida ya hay todo un esquema acerca de cómo debe ser la vida, que es lo ideal, de qué no se debe hablar, cuáles son los planes para el futuro. La sospecha de descubrir que esas estructuras son erradas, nos da pavor. Preferimos silenciar el inconsciente con cualquier cosa: más actividades, comprar cosas nuevas, lo que sea. Pero el inconsciente no se dará por vencido… seguirá llenándonos de ese sentimiento nihilista hasta que queramos suprimirlo o resignarnos a vivir con él.
El problema es ese reflejo innato en la raza humana de querer evitar el dolor. Y es que para cambiar de vida hay que cambiar de ideas, de estructuras mentales, todo lo que se ha aprendido y dábamos por cierto (y ya no nos servirá)… hay que romper nuestro mundo personal para volver a nacer. Ese dolor es inevitable si se quiere vivir.
¿Pero por donde empezar? Las viejas creencias han echado raíces en nuestro yo, y cortarlas no es una experiencia placentera. Se resisten a ser desalojadas… vuelven una y otra vez. Nuestro yo consciente se resiste al cambio, nos paga con angustia. Pero es el dolor del parto del nuevo yo… o de la vuelta a nuestro yo original, ése que fue sepultado bajo las restricciones de nuestro ambiente (no hagas esto, no querrás aquello, los domingos a la iglesia, no pintes fuera de las líneas, cuando crezcas debes casarte, la gente honrada trabaja muy duro…).
Nos hemos desacostumbrado a pensar en lo que realmente queremos hacer con nuestra vida. Cuando debimos decidir que carrera seguir, pensamos en lo más seguro, lo que el mercado requiere, lo que los padres aprueban, lo que creíamos que teníamos talento para hacer. Pero ¿qué era lo que realmente queríamos hacer? Cuando crecemos nos olvidamos de nuestros primero deseos. Los remplazamos por ambiciones. Por metas que “debemos” alcanzar para sentirnos realizados y respetados ante la sociedad… pero ¿cuáles son nuestros verdaderos parámetros de éxito? ¿Somos felices con lo que hemos conseguido? ¿No es hora de buscar en nuestro interior y no tanto en lo que recomienda el círculo social y el Wall Street Journal?

Quieres un abrazo?

*(Tomado del blog de Santiago-Barcelona)

El poder de un abrazo

Todo comenzó el lunes pasado en una simple conversación de amigas, en donde una de ellas comentó en voz alta al resto: “¿Sabían que necesitamos un mínimo de 12 abrazos diarios?” Un número que con sólo imaginar unos segundos me pareció irreal… Si yo con suerte recibo 1 ó 2 abrazos diarios, pensé. Qué mal, qué lejos estoy de eso, me dije.

Lo cierto es que la conversación cobró vida y cada una de las presentes: Mod, Mónica, Eilish, Amanda y yo, comenzamos a enumerar los abrazos que habíamos recibido durante ese día, las dificultades que teníamos para conseguir ese preciado gesto de cariño y la falta que nos hace muchas veces.

Sin duda que el abrazo es una forma muy especial de tocar, que hace que uno se acepte mejor a sí mismo y se sienta mejor aceptado por los demás, “es un instinto, una respuesta natural a los sentimientos de afecto, compasión, necesidad y alegría”, explica Kathleen Keating en su libro “Abrázame”.

Y aunque parezca tan fácil, tan necesario y natural, qué difícil se me hace conseguir al menos 12 abrazos diarios, tema en el cual pocas veces había reparado y ahora, tras esa acalorada y divertida plática, se me hizo evidente y me invitó a reflexionar en que quizás sería una persona mucho más feliz si es que abrazara más y si me dejara abrazar más también.

Anoche caminando con mi amiga Mod, alias “Neus” en su versión catalana, por las calles del Gótico y el Raval nos pusimos a pensar en cómo abrazar a más personas sin prejuicios, sin rodeos, simple, tal como un abrazo lo es.

Así fue como entramos a un bar y pusimos a prueba nuestra capacidad de abrazar. A nuestro costado habían dos españoles muy divertidos y simpáticos que sin ningún tapujo nos respondieron a nuestra pregunta un tanto desquiciada para el lugar y la hora: “¿Cuántos abrazos han recibido hoy?”, “Unos 4 ó 5, creo”, nos dijo uno de ellos, mientras se reía de nuestras caras de tristeza al escuchar que nosotras no habíamos recibido ni uno sólo durante todo ese día.

“Te darán abrazos en la medida que tú también abraces”, me dijo uno de ellos con una sonrisa en los labios. Segundos después los cuatro nos abrazábamos como si fuéramos grandes amigos. Una situación irreal pero muy chistosa e interesante que me terminó por confirmar lo rico que se siente abrazar y que te abracen.

Por eso, en los próximos días, me dedicaré a abrazar a más personas y a recibir más abrazos, ojalá sean más de doce…

El abrazo
“Es agradable. Ahuyenta la soledad. Aquieta los miedos. Abre la puerta de los sentimientos. Fortalece la autoestima. Fomenta el altruismo. Demora el envejecimiento; los abrazantes se mantienen jóvenes por mas tiempo. Ayuda a dominar el apetito; comemos menos cuando nos alimentamos con abrazos…. y cuando tenemos los brazos ocupados al abrazar a los demás. Es ecológicamente aceptable, pues no altera el ambiente. Ahorra energía al economizar calor.Es portátil.No requiere equipos especiales.No necesita de un sitio especial; cualquiera, desde un unbral hasta una sala de conferencias para ejecutivos, desde el atrio de una iglesia, hasta un estadio de futbol, es un buen lugar para un abrazo. Hace más felices los días felices. Hace más soportables los días insoportables.Imparte sentimientos de arraigo. Llena los vacíos de la vida. Continua ejerciendo efectos benéficos después de la separación”.
( Keating, Kathleen: “Abrázame”)

Da un abrazo gratis hoy!! 

Me encanta reír

Cuando aparecen nubarrones grises, no hay nada mejor como reír. Es el mejor suplemento diario: nos hace minimizar los problemas, nos libera de la tensión, mejora nuestro sistema inmune, ahuyenta la depresión y nos da optimismo.  Una buena película cómica nos dá dos horas de todo eso. Y es barato!

El horizonte… esa mentira tendida entre el cielo y el mar.

A veces me encuentro esperando… es un estado que me sobreviene. No se bien que es lo que aguardo, pero hay expectativa. Como si anticipara un cambio. Es la sensación de cuando sabemos que en unos segundos tacarán a la puerta.

Aveces la expectativa se torna en exasperación. En  un esperar cansado. Mucho tiempo mirando el horizonte, y tal vez lo que busco está cerca mío. Tal vez en mi interior. Supongo que a veces es más fácil concederle Sigue leyendo